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AZÚCAR, UN DEMONIO SOBREVALORADO



El azúcar es malo, cuanto menos consumamos, mucho mejor. Y punto. Podríamos quedarnos aquí y os estaría dando un mensaje que está cerca de la realidad. Un buen resumen de lo que representa el azúcar en la alimentación. El problema es que estaría pecando de simplista y dejando de lado varios conceptos importantes.

Es cierto que nos asusta la palabra azúcar. Televisión, redes sociales, artículos de revistas, conversaciones con tu cuñado en navidad, etc. Nos han ido metiendo el miedo en la cabeza. Vamos al supermercado leyendo todas las cajas, bolsas y botes para ver si lo que me estoy comprando tiene mucho azúcar. O también buscando el tan codiciado 0%; que ya nos quita un peso de encima (nunca mejor dicho) y tenemos una especie de carta blanca para consumirlo. Pensamos que ya no nos va a engordar, que es saludable.

Y si, apareció la dichosa palabra, engordar. Este es el primer error. Cuando vamos a empezar a leer un texto o a escuchar a cualquier persona hablando de un tema de alimentación o de nutrición, de repente pasan por nuestras cabezas las palabras dieta y engordar. Pensamos en ese momento que todo lo que va a contarnos esa persona va dirigido al adelgazamiento. Y la realidad es que la alimentación va más allá de perder peso o evitar ganarlo, no es un asunto de báscula; sino de salud.

Otro error que se suele cometer está dentro de nuestra cabeza mucho antes de llegar al supermercado. Y es algo que hacemos todo el tiempo; relacionar conceptos totalmente diferentes y hacerlos iguales en nuestra cabeza. Pongamos dos ejemplos:

Por un lado, tenemos la creencia de que todo aquello que no tenga azúcares ya es saludable. Compramos unas galletas en las que leemos en la caja: “bio, eco, veganas, 0% azúcar añadido, ingredientes naturales”. Nuestra cabeza hace un click automático y ya pensamos que esas galletas son sanas y naturales. Sintiéndolo mucho, no va a ser así.

Otro ejemplo de esta mala relación de conceptos: igualar el hecho de que algo no tenga azúcares añadidos con la idea de que no engorda. Usando el mismo ejemplo anterior; una base de harinas y grasas (sean o no saludables) está claro que tiene un aporte calórico destacable. Nunca hay que pensar que solo porque algo sea saludable o no lo sea, signifique que muchas o pocas calorías.

Hacer este tipo de relaciones nos lleva a unos extremos poco deseables en los que acabamos haciendo una especie de “regla de 3” similar a lo ocurrido durante mucho tiempo con el pobre huevo (y que sigue siendo uno de los mitos más extendidos). La regla de 3 funciona de la siguiente forma: El colesterol elevado es malo; por otro lado, el huevo tiene colesterol. Por lo tanto, el huevo es malo. Llevándolo al tema que hoy nos ocupa, podría ser: los azúcares son malos y engordan, la fruta tiene azúcares, por tanto, la fruta es mala y engorda. Vemos que no tiene mucho sentido.

En definitiva, son conceptos distintos. Tampoco son contrarios, sino diferentes. Que algo no tenga azúcar no lo convierte en saludable ni que no vaya a engordar. Esto es una idea difícil de asimilar en una época en la que los kilos están de moda y las dietas están a la orden del día.

Además de todo, hay otro factor que nos confunde aún más; algo para sumar con este fenómeno de la mala relación de conceptos. El nutricionismo, del que ya hablamos en anteriores artículos, que no es más que identificar y clasificar un alimento en base únicamente a uno o varios elementos que lo componen. Por ejemplo: la fruta tiene azúcares, por tanto, la fruta es azúcar. La carne tiene proteínas; por tanto, la carne es proteína. Es otro error en el que debemos evitar.

Una naranja no es azúcar, es una fruta. Una matriz alimentaria en el que, efectivamente, encontramos azúcar. Eso sí; entre una gran parte de agua, fibra, vitaminas y minerales. Al igual que pasa con un yogur natural. El problema es cuando cogemos esa fruta o ese yogur y los transformamos en algo menos interesante o los atiborramos de azúcar. Y entramos en otro asunto: la diferencia entre azúcares naturalmente presentes en el alimento y azúcares añadidos. Y por otro lado el estado en el que encontramos esos azúcares y como va a trabajar nuestro organismo con ellos.

Imaginamos 2 – 3 naranjas. Las pelamos, quitamos los gajos y nos las comemos para un desayuno. Ahora por otro lado imaginad que metemos esas 2 – 3 naranjas en un exprimidor y sacamos el zumo. Las calorías son similares, y la cantidad de azúcar también, sin embargo, no tiene nada que ver una cosa con la otra. Para empezar, estamos destruyendo la matriz alimentaria dejando más accesibles los azúcares, cosa que se ve agravada por la ausencia de fibra (que se ha quedado en el exprimidor o la cascara de la naranja pegada). Significando una mayor y más rápida digestión y absorción. Además, estamos tomando todas esas calorías y esos azúcares libres en menos de 1 minuto sin saciarnos lo más mínimo.

Podemos aplicar esto a cualquier zumo de frutas exprimido, tanto aquellos de bote de supermercado, como los más caseros. A la hora de licuar, por ejemplo, si estamos aprovechando al menos la fibra, siendo algo mejor pero aun así nada comparable con comer la fruta entera.

Y efectivamente, los españoles tomamos demasiado azúcar. Algo que es especialmente preocupante en la población infantil. Pero no debemos olvidar que el azúcar no es el culpable de todos nuestros problemas de salud. Un estilo de vida saludable va desde la alimentación con materias primas y productos saludables (y ausencia de porquerías de forma habitual), pasando por una actividad física suficiente y de calidad, un descanso adecuado, una vida social saludable, etc. Una persona con un trabajo sedentario, sin practicar actividad física y con una pésima alimentación no va a conseguir estar bien con sólo quitar el azúcar, no debe ser la prioridad.

En alimentación tenemos varios demonios a los que culpar de nuestros problemas. Y estos demonios se van turnando según la época que nos toque vivir, según lo que en ese momento interese que compremos o dejemos de comprar. Hace relativamente poco el demonio eran las grasas, y es cuando comenzó todo el boom de lo light, bajo en calorías, sin grasas saturadas, bajo en grasa. Nadie sabía lo que eran las grasas, ni lo que era una grasa saturada; ni tampoco lo que significa la palabra light (y seguimos sin saberlo). Nos dijeron que debíamos comprarlo porque era lo mejor. Y es en ese momento cuando todo el mundo pasó a extrañarse de: si no como grasas, ¿Por qué engordo? La obesidad seguía aumentando, ninguna sorpresa. Ahora está pasando exactamente lo mismo con el azúcar. Y vamos a seguir sin solucionar los problemas mientras sigamos basando nuestra alimentación en ultra-procesados con los malditos 0%.

Lo cierto es que funciona muy bien lo de tener un solo culpable de nuestra mala salud y exceso de peso. Queda muy bien decir que engordo por culpa del azúcar, así que mi solución es dejarla… digo yo. Si yo como mucha grasa y tengo sobrepeso, mi problema es ese, voy a dejar de comer alimentos con grasa. Si tomo mucho pan y tengo exceso de peso, mi problema es el pan.

Vamos a dejarnos de excusas. Vamos a dejar de intentar auto convencernos de que nuestro pésimo estado de salud es culpa de un factor aislado (grasa, azúcar, huesos anchos, genética, hormonas, edad, tiempo). Vamos a empezar a hacer las cosas bien y sacar tiempo para las cosas importantes. Comer alimentos y productos mínimamente procesados que sean saludables, estar lo más activos posible y buscar el descanso y la vida social saludable. Dejando para algo más eventual aquello menos saludable. Si conseguimos emprender ese camino, pensar en azúcares va a ser lo de menos.


Texto: Juan Luis Adame

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